La creación poética no es algo puramente estético, no es arte de embalsamador, ni de decorador. No cría perlas de cultivo, ni comercia con simulacros o emblemas y tampoco se contenta sólo con una fiesta musical.
En su camino traba alianza con la belleza -alianza suprema- pero no hace de ella su fin, ni su único alimento. No disocia el arte de la vida, ni el amor del conocimiento.Es acción, es pasión, es poder, potencia y renovación de su oficio: profundizar, indagar en los misterios del hombre, de la mujer, de la vida, del amor, de las guerras, de las grandezas y miserias de ser humano, de la muerte y sus infinitas máscaras.
El amor es su hogar, la insumisión su ley y su territorio la anticipación. Nunca es ausencia ni rechazo. Amenazado, como todos, por la inercia y la comodidad, poeta es aquél que rompe la costumbre, aquél que visita todos los excesos sin quedarse a vivir en ninguno.
La poesía, atada a su propio destino y libre de toda ideología, se reconoce igual a la vida misma y, como ella, nada tiene que justificar. Y como una grande y sola estrofa viviente, engarza al presente de sus letras lo que del pasado ha sido y todo lo por venir.
La oscuridad que se le reprocha no proviene de su propia naturaleza, que es la de esclarecer, sino de la noche misma que explora: los enigmas que retan al ser humano con preguntas y problemas.
Hay preguntas que degluten toda respuesta y permanecen en pie. Hay problemas que no buscan solución, sino despliegue.
A aquellas indagaciones y a estas problemáticas se ha dirigido desde el primer verso de la humanidad la creación poética. En toda cultura floreciente, viva, la poesía representa una función vital, social; puede ser, al mismo tiempo, culto, diversión, festival, juego social, proeza artística, prueba, enseñanza, persuasión, encantamiento, adivinación, profecía y competición.
Una vez más vemos que debemos abandonar el prejuicio de que la poesía tiene tan sólo una función estética o que podría ser explicada desde bases puramente estéticas.
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